viernes, 22 de noviembre de 2013

Refutación a las tesis arzobispales de una mujer cabreada






Quousque tandem abutere, Arzobispo, patientia nostra?
 

Entre el trabajo que me tiene desbordada y el cabreo con lo sucedido, hasta hoy no me he puesto a escribir… Casi ha sido bueno que no haya tenido un momento de descanso y que haya podido sosegar el enfado que despertó en mi la noticia que salió a la luz hace 10 días sobre la edición del “libro” (es una palabra demasiado importante para que esto se considere tal, por lo que no he podido evitar entrecomillarlo), Cásate y sé sumisa, avalado nada menos que por el arzobispo de mi querida tierra, Granada.

Resulta que el título ya dice algo muy claramente. Por un lado nos ordena a las mujeres (es un imperativo), que nos casemos. Y añade además cual ha de ser nuestro papel en esas relaciones matrimoniales: la sumisión. El “señor” arzobispo reta, en sus declaraciones posteriores al revuelo montado con el “libro”, a encontraren él frase alguna que conlleve la potenciación de la violencia sobre las mujeres. Para empezar hay que dejar muy claro que hay muchos tipos de violencia y muchas formas de generarla. La palabra sumisión en sí misma conlleva sometimiento a voluntad ajena y en un estado de derecho como el actual, con una Constitución como la nuestra, es un claro atentado al artículo 14 de la misma. En una sociedad como la nuestra, promulgar la sumisión lo considero en sí mismo una forma de potenciar la violencia, de institucionalizarla y pretender naturalizarla. La sumisión es una característica típica de sociedades que validan de alguna manera la esclavitud. Recordemos lo que la Real academia española dice que es sumisión: 
1. Sometimiento de alguien a otra u otras personas.
2. Sometimiento del juicio de alguien al de otra persona.
3. Acatamiento, subordinación manifiesta con palabras o acciones.
 Es violencia pretender que una persona, por el hecho de tener una característica concreta, en este caso un determinado sexo, ocupe un lugar inferior con respecto a otra con un sexo diferente. Pretender eliminar la igualdad y pasar a un segundo plano a cualquier persona, es sí o sí, violencia en sí mismo. Pretender que una persona ha de comportarse de determinada manera, ha de actuar, sentir, pensar, de determinada manera, por el hecho de tener un sexo u otro, es violencia. Atenta contra la libertad y vuelve a intentar justificar las diferencias de los roles sociales en las diferencias fenotípicas de mujeres y varones. Vuelve a intentar otorgar diferentes papeles sociales a unos y otras en función de lo que cada cual tiene entre las piernas. Obvia que haya capacidades y potencialidades diferentes que nada tienen que ver con ser “XX” o “XY” y que son esas potencialidades y no otras las que debemos tener en cuenta para saber qué papel ha de tener cada cual en la sociedad, si creemos que, por equidad social, es el mérito y la capacidad, sólo posible desde la igualdad de oportunidades, las que deben de determinar dónde está una persona y qué papel quiere tener (nada que ver con “debe tener”) en dicha sociedad. Vuelve a hacer hincapié en que las mujeres debemos volver a estar en la esfera privada exclusivamente. Lo cual a su vez conlleva, no ya la violencia intrínseca de la obligatoriedad de comportarse de determinada manera en la vida, sino la que puede conllevar el “saltarse” esa supuesta “ley divina” que se deja entrever y que constata el que haya sido la iglesia quien avala su edición.
Olvida este “señor” que avalar algo así implica un “deber ser” socialmente castigado si se salta. Por tanto conlleva violencia potenciar este tipo de pensamiento. No hace falta que se nombre cual será el castigo de las mujeres que no opten por “ser así”.La violencia de género que vivimos hoy, aún lejos de desaparecer, es producto precisamente de ese mensaje ancestral que todos los organismos internacionales, la Unión Europea, y España intentar revertir desde hace años. La violencia de género no es ni más ni menos que el resultado de un pensamiento en el cual se pretende no sólo que somos diferentes mujeres y varones sino que hay uno superior al otro y por tanto éste que se siente superior se siente también con la potestad de imponer su voluntad, incluso hasta el extremo de quitar la vida a la mujer que no ha hecho lo que considera “tenía que hacer como mujer””. Es obvio que asumir estos planteamientos por una mayoría social conllevaría castigar de diversas maneras a quienes se saltan los mismos y multiplicaría la actual tasa de muertes de mujeres a manos de sus parejas o exparejas, basadas en esta idea de pertenencia, de posesión, de superioridad, de sumisión de las mujeres hacia los varones.
Castiga por tanto otras opciones de vida: no casarse, ser madre soltera y por supuesto ser homosexual. Todo esto simplemente lo obvia, como si no existiera, y por tanto implícitamente como si no debiera de existir, convirtiendo estas opciones en algo “invisible” e “indeseable”, y al final igualmente reprochable. Es decir, genera a su vez también violencia sobre otras formas de ver la vida más allá del matrimonio heterosexual.

“Señor” arzobispo; creo sinceramente que se ha equivocado de época, que afortunadamente hasta dentro de su iglesia esta forma de entender las relaciones entre mujeres y varones es ya prácticamente inexistente y que su propio “jefe actual” está muy lejos de entenderlas así. Quiero creer que su forma de pensar está en extinción y que por más que se aferre al pasado ya no volverá. Pero está claro que utiliza todas las armas a su alcance para revertir los avances igualitarios que, aunque muy tímidos aún, se están dando y de ahí el rechazo generalizado incluso entre sus compañeros y los sectores más conservadores de la sociedad. “Señor” arzobispo, aún está a tiempo de reconocer que se ha equivocado. Y aunque estoy segura de que no lo hará, le recomiendo “que se lo haga ver” porque se ha quedado usted solo y, si mal no recuerdo, la soberbia y la prepotencia son pecado.